En 2020, Bruno Latour señaló que «Brasil es hoy lo que España fue en 1936 durante la guerra civil: es donde se vislumbra todo lo que será importante en las próximas décadas». En un momento en el que el destino de la humanidad pareciera depender del resultado de las disputas entre Estados Unidos y China, esto podría considerarse fácilmente una exageración. Los profundos cambios de las últimas tres décadas han puesto en primer plano las redes de producción de Asia Oriental y su conflictiva relación con los países del antiguo núcleo capitalista, relegando a Brasil y América Latina a un segundo plano.
Sin embargo, Latour podría haber dado en el clavo. Muchas de las líneas divisorias decisivas del capitalismo contemporáneo son especialmente evidentes en América Latina, cuya economía política es, en este sentido, una ventana sobre cuestiones que afectan al mundo entero. Roberto Dainotto ha descrito el Sur Global como el «límite del Norte», «el lugar donde todas sus contradicciones se vuelven imposibles de ocultar». Los dilemas latinoamericanos son críticos para los latinoamericanos, por supuesto, pero también pueden arrojar luces sobre acontecimientos más lejanos.
Meridional será un intento por reflexionar sobre esta región en el contexto de la fragmentación global y la crisis climática. Estos boletines mensuales pretenden compartir los resultados de las investigaciones en curso, plantear cuestiones teóricas y explorar nuevo material empírico con la esperanza de estimular conversaciones fructíferas. Dado que «la economía política de América Latina» puede significar cosas muy diferentes, vale la pena dedicar un momento para exponer el enfoque general que guía la redacción de esta columna.
Comencemos con la cuestión del clima. Dado el estado actual de las tecnologías, la próxima electrificación del mundo—una de las condiciones para la descarbonización—dependerá de un aumento masivo del suministro de los llamados minerales críticos, para producir baterías que almacenen la energía renovable intermitente y otros componentes de la transición climática. La distribución geográfica de estos minerales es muy desigual. Algunas estimaciones sugieren que más de la mitad de las reservas probadas de litio se concentran en el llamado «triángulo del litio» que componen Argentina, Bolivia y Chile. Tres de los cinco países con las mayores reservas probadas de cobre también se encuentran en la región—Chile, Perú y México, en ese orden—, mientras se estima que Brasil posee más del 15 % de las reservas mundiales de níquel y tierras raras.
El auge de la demanda de estos productos es considerado una oportunidad económica tanto por los conglomerados mineros como por los defensores de los cárteles de minerales dirigidos por el Estado. Pero uno de sus efectos más preocupantes podría ser el resurgimiento de los fantasmas del pasado en la región. Las anteriores oleadas de extracción han provocado la degradación ecológica, el desplazamiento de las comunidades indígenas y una mayor dependencia. En las memorables palabras de Eduardo Galeano:
La división del trabajo entre las naciones consiste en que unas se especializan en ganar y otras en perder. Nuestra parte del mundo, conocida hoy como América Latina, fue precoz: se ha especializado en perder desde aquellos tiempos remotos en que los europeos del Renacimiento se aventuraron a cruzar el océano e hincaron los dientes en la garganta de las civilizaciones indígenas.
Si la dotación de minerales críticos de la región resulta ser una bendición o una maldición sigue siendo una pregunta sin respuesta. Esta dependerá de cómo se construyan y movilicen las coaliciones políticas, y de cómo hagan frente a las presiones extranjeras y nacionales. No obstante, aun cuando el destino final del «extractivismo verde» esté lejos de decidirse, la experiencia histórica de América Latina —sus tensiones de larga data entre las empresas multinacionales, el nacionalismo de los recursos y las luchas indígenas— ofrece pistas sobre lo que está por venir.
Los minerales críticos son solo un ejemplo de la importancia de América Latina. La región también alberga la selva amazónica, un bioma clave con implicaciones para el clima global, ya que la deforestación nos lleva hacia un «punto de inflexión» a escala planetaria en el que el ecosistema podría perder su capacidad de reproducirse, con efectos exponenciales. Además, algunas partes de la región han caído presas de la tendencia mundial del negacionismo climático de extrema derecha, lo que ha dificultado aún más el trazo de un rumbo político que pueda abordar simultáneamente las crisis contemporáneas de la democracia, la desigualdad y el cambio climático.
América Latina tampoco es un mero espectador en el conflicto geopolítico cada vez más profundo entre Estados Unidos y China. Más bien es un escenario crucial. China ha tratado de involucrar a la región en su Iniciativa de la Franja y la Ruta, basándose en las conexiones comerciales y financieras que ha establecido allí desde la década de 2000. Esto ha dividido la opinión entre los latinoamericanos: algunos depositan sus esperanzas en lo que consideran una cooperación Sur-Sur, mientras que otros temen que pueda crear una nueva forma de dependencia. Por su parte, el Gobierno de Estados Unidos ha abandonado cualquier pretensión de diplomacia pacífica y ha vuelto a la fuerza bruta y la injerencia política directa. Ha inclinado descaradamente la balanza en las recientes elecciones argentinas y perpetrado ataques mortales contra barcos en el Caribe y el Pacífico Oriental, lanzados como parte de una operación abierta de cambio de régimen contra Venezuela, con una escalada militar que parece inminente.
Si la importancia de comprender América Latina está fuera de toda duda, la siguiente pregunta es cuál es la mejor manera de hacerlo. Los enfoques convencionales suelen tener un trasfondo colonial, ya que presentan a la región como un lugar plagado de corrupción y populismo, rezagado con respecto a otras partes del mundo debido a la insuficiencia de sus instituciones. Tony Wood resume así las implicaciones de este marco: «apoyo incondicional a las prerrogativas de los inversores extranjeros y las élites nacionales, junto con un énfasis implacable en la necesidad de mantener la política firmemente dentro de los límites de la ortodoxia reinante». No se hace ningún esfuerzo por comprender las realidades latinoamericanas. En cambio, simplemente se da rienda suelta a la frustración por la negativa de la región a seguir el guión: lo que Dipesh Chakrabarty describe de forma pintoresca como «el «fracaso» de una historia para cumplir con su destino».
Hay alternativas a esta perspectiva. Los intentos de los latinoamericanos por liberarse de los dogmas eurocéntricos no son nada nuevo. En su manifiesto fundacional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas, Raúl Prebisch afrontó este reto de frente, argumentando que «una de las deficiencias más notorias de la teoría económica general, desde el punto de vista de la periferia, es su falso sentido de universalidad». Junto con sus colegas de la comisión, desarrolló formas de analizar América Latina —por ejemplo, a través de la lente del sistema centro-periferia— que se encontraban entre los puntos álgidos de los inicios de la economía del desarrollo. Al mismo tiempo, los pensadores marxistas reaccionaron contra los intentos vulgares de aplicar el esquema de la transición del feudalismo al capitalismo en Europa al período colonial de América Latina, insistiendo en la dinámica particular de este último.
El resultado de estos esfuerzos es que América Latina, así como el Sur Global en general, se concibe ahora a veces como la «negación del Norte (el «otro» lugar que promete una vida mejor)». El reciente aumento del interés por los conocimientos ancestrales, las prácticas agroforestales y los enfoques largamente olvidados de la relación entre la naturaleza y la sociedad refleja este intento de «ir a contracorriente de la historia» y derrocar las ideas tradicionales sobre el progreso. Sin embargo, si el Sur también debe ser visto como el «límite del Norte», entonces pensar en América Latina en sus propios términos no puede consistir simplemente en enfatizar la particularidad o describir la región como un mundo aparte, aislado de los centros de acumulación. El objetivo del estructuralismo y el marxismo latinoamericano era, de hecho, arrojar luz sobre los procesos de desarrollo desigual y combinado: los diversos impactos del capital en todo el mundo. A medida que el mercado mundial se expandía y se rompían las barreras espacio-temporales, el capital transformó las sociedades de este a oeste, de norte a sur, aunque no todas siguieron la misma ruta ni llegaron al mismo destino.
Siguiendo estas huellas, la economía política contemporánea tiene mucho que ofrecer: investigar las conexiones entre las cadenas de producción latinoamericanas y los mercados más amplios. Y evaluar las estructuras de clase cambiantes dentro de los países, como medio para interpretar la agitación que aflige a la región (junto con gran parte del mundo). Al trazar un mapa sobre los intentos locales para resistir a las tendencias de mercantilización global y las prácticas financieras, podemos comenzar a identificar los sujetos políticos emergentes. Al examinar los efectos concretos del cambio climático global y las políticas climáticas, podemos evaluar los obstáculos para una transición justa y las perspectivas de superarlos. Meridional contribuirá al debate en curso sobre estas cuestiones, que abarcan desde productos básicos concretos hasta controversias teóricas, pasando por países específicos y tendencias regionales.
En 1926, Gramsci redactó una serie de notas sobre lo que denominó la «cuestión meridional» (o «cuestión del sur», como decidieron llamarla los traductores ingleses). En este caso, «meridional» se refería al sur de Italia, la región de donde procedía el autor y que desempeñaba un papel periférico en el capitalismo europeo de la década de 1920, aunque también tenía aplicaciones mucho más amplias—incluidas en su propia obra posterior—para describir el irregular proceso de acumulación que se estaba produciendo en todo el mundo. En estos famosos pasajes, Gramsci entrelazó múltiples hilos—la dinámica desigual del desarrollo italiano, la política de una alianza entre trabajadores y campesinos, la posición de los intelectuales—y se negó a explicarlos mediante fórmulas heredadas. Buscó, en cambio, fisuras en el statu quo que permitieran dar forma a una política emancipadora. Aunque las cuestiones meridionales actuales son muy diferentes a las del Mezzogiorno de Gramsci, esta columna se basará en esta tradición de pensamiento crítico como brújula para interpretar nuestro momento actual.
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