¿Cómo debemos explicar los períodos de profunda transformación global? Desde finales del siglo XIX, los académicos con mentalidad histórica han visto el cambio sociopolítico como un reflejo de las relaciones de propiedad y los cambios tecnológicos en el proceso productivo. El capitalismo se posicionó como el principal motor del sistema estatal internacional, con los estados operando en general con un interés por mantener las relaciones sociales capitalistas. En los últimos años, sin embargo, ha ganado terreno una tradición de pensamiento paralela. En esta tradición, la consolidación burocrática y militar de los estados funciona como motor de las relaciones económicas. Desde esta perspectiva, las formas capitalistas de explotación aparecen como un medio para financiar el poder coercitivo del estado y sortear la competencia entre estados a nivel internacional. La relación entre los estados y los mercados sustenta casi todos los grandes retos de nuestro tiempo, desde el cambio climático hasta la guerra, pasando por las políticas de austeridad y la deuda soberana. ¿Debemos entender estos acontecimientos a través de los intereses del Capital, o debemos concebirlos como el producto de la competencia y el poder entre estados?
La cuestión no es solamente de interés analítico; el énfasis que pongamos da luces directamente sobre el tipo de soluciones que imaginamos para los problemas globales. Si el cambio climático y la guerra son el resultado de la competencia entre estados, una mayor cooperación puede conducir a una solución. Si, en vez de ello, consideramos que son el resultado del capitalismo, seguirán sin resolverse hasta que eliminemos el sistema económico mismo. A continuación, examino este antiguo debate y presento un punto de inflexión importante y pasado por alto: el auge de la política de las Grandes Potencias. Sin embargo, en última instancia, sostengo que nuestro orden mundial no puede entenderse fuera de los complejos contextos sociales de los que surge, contextos que no pueden reducirse a una sola dimensión.
El capitalismo y el sistema estatal
La obra célebre de Immanuel Wallerstein, Modern World-System (1974), sitúa los orígenes de nuestro orden actual en el noroeste de Europa en el siglo XVI, donde se afianza un nuevo modo de producción orientado a la “acumulación infinita de capital” basado en una división del trabajo comercial a escala mundial.1Immanuel Wallerstein, (<)em(>)The Modern World-System I: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century(<)/em(>), 66–131; Giovanni Arrighi, “Capitalism and the Modern World-System: Rethinking the Nondebates of the 1970’s,” (<)em(>)Fernand Braudel Center Review(<)/em(>) 21, no. 1 (1998): 113–29. Como lo escribe Wallerstein, esta economía mundial capitalista se define por “la producción para venta en un mercado en el que el objetivo es obtener la máxima ganancia”2Wallerstein, “The Rise and Future Demise of the World Capitalist System: Concepts for Comparative Analysis,” (<)em(>)Comparative Studies in Society and History(<)/em(>) 16, no. 4 (1974): 398. En este relato, poco después surgió un sistema internacional de Estados, plenamente consagrado en el momento de la Paz de Westfalia (1648).3Wallerstein, (<)em(>)World-Systems Analysis: An Introduction(<)/em(>) (Duke University Press Books, 2004), 42. Para él, esto se trataba de un desarrollo no fortuito: el capitalismo nunca podría haber surgido y mantenerse en el aparato estatal característico de imperios mundiales como China y Roma, donde las burocracias absorbían demasiadas ganancias. El desarrollo y la persistencia del capitalismo requerían un mundo económicamente conectado que fuera “más grande que cualquier unidad política definida jurídicamente”.4Wallerstein, (<)em(>)The Modern World-System I: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century(<)/em(>), 15–16. La implicancia de este punto de vista era que cualquier análisis serio de la economía global y la política mundial implicaría rastrear las principales transformaciones hasta la dinámica interna del capitalismo.
En lo que difícilmente puede considerarse un respaldo rotundo a esta posición, John G. Ruggie resumió la solución de Wallerstein afirmando que, para él, el sistema internacional de estados era “al mismo tiempo un subproducto epifenoménico de la competencia intercapitalista y la condición estructural necesaria para la existencia y la supervivencia continua del capitalismo”.5 John Gerard Ruggie, “Continuity and Transformation in the World Polity: Toward a Neorealist Synthesis,” (<)em(>)World Politics(<)/em(>) 35, no. 2 (1983): 262. De manera similar, otros prominentes científicos sociales como Aristide Zolberg pensaron que este trabajo exhibía “un descuido sistemático de las estructuras políticas y procesos”. Véase su “Origins of the Modern World System: A Missing Link,” (<)em(>)World Politics(<)/em(>) 33, no. 2 (1981): 253–81. Una década después de la publicación de la obra maestra de Wallerstein, el sociólogo histórico Charles Tilly ofreció una crítica más moderada, con la esperanza de que alguien “lograra escribir una ‘historia total’ que diera cuenta del desarrollo completo tanto del capitalismo como del sistema de estados”, lo que describió como “los dos procesos maestros (fundamentales) interdependientes de la era moderna”.6Charles Tilly, (<)em(>)Big Structures, Large Processes, Huge Comparisons(<)/em(>) (Russell Sage, 1984), 147, 73–74.
Para el marco conceptual de Wallerstein, la cuestión central es que las dos líneas temporales —el surgimiento del capitalismo y el surgimiento del sistema estatal internacional— tienen que coincidir. El auge del primero debe preceder al del segundo por un margen considerable y debe de ser plausible que haya provocado su auge. Si no se puede establecer ninguna relación entre ambos en el punto de origen, entonces sabemos que uno ha existido sin el otro y que, en consecuencia, ambos pueden tratarse como procesos sociales relativamente autónomos, con sus propias dinámicas potencialmente conflictivas. Con el tiempo, y a pesar de Wallerstein, esta alineación aparece cada vez más esquiva. El primer gran desafío se originó entre los marxistas que atacaban la concepción y periodización del capitalismo de Wallerstein y buscaban rastrear las consecuencias internacionales de su auge.
Definiendo el capitalismo
Por supuesto, aún hay desacuerdo sobre dónde y cuándo comenzó el capitalismo. Sin embargo, para muchos de los que participan en el debate sobre sus orígenes, la tesis dominante es la defendida por Robert Brenner y Ellen M. Wood. Su tesis se elaboró en gran parte como respuesta a la de Wallerstein, cuya definición del capitalismo como “producción con fines de lucro mediante intercambio”7Robert Brenner, “The Origins of Capitalist Development: A Critique of Neo-Smithian Marxism,” (<)em(>)New Left Review(<)/em(>), no. I/104 (August 1977): 32. no ofrecía mucho para impedir que los estudiosos identificaran su surgimiento en la Italia renacentista del siglo XIV, en las ciudades medievales europeas del siglo XIII o incluso hace 5 mil años.8Giovanni Arrighi, (<)em(>)The Long Twentieth Century: Money, Power and the Origins of Our Times(<)/em(>), New and Updated Edition (London : New York, NY: Verso, 2010); Braudel, (<)em(>)Civilisation Matérielle, Économie, et Capitalisme, XVe-XVIIIe Siécle(<)/em(>); Larry Neal and Jeffrey G. Williamson, eds., (<)em(>)The Cambridge History of Capitalism: Volume 1: The Rise of Capitalism: From Ancient Origins to 1848(<)/em(>), vol. 1 (Cambridge: Cambridge University Press, 2014); Andre Gunder Frank, (<)em(>)The World System: Five Hundred Years or Five Thousand?(<)/em(>) (Hoboken: Routledge, 1993).
El punto de partida de Brenner y Wood fue, por lo tanto, identificar una definición más específica que situara claramente al capitalismo como un fenómeno histórico y así evitar “naturalizarlo” como algo eterno (y posiblemente insuperable). Con ese fin, trataron de volver a centrar el asunto en la producción y las relaciones de clase. En su perspectiva, lo que definía al capitalismo era el hecho de que
los productores dependían del mercado para acceder a los medios de producción (a diferencia, por ejemplo, de los campesinos, que siguen teniendo la posesión directa y no mercantilizada de la tierra); mientras que apropiadores no pueden confiar en poderes de apropiación “extraeconómicos” mediante la coacción directa —como los poderes militares, políticos y judiciales que permiten a los señores feudales extraer el excedente de trabajo de los campesinos—, sino que deben depender de los mecanismos puramente “económicos” del mercado9Ellen Meiksins Wood, (<)em(>)The Origin of Capitalism: A Longer View(<)/em(>) (Verso, 2017), 6.
Esta definición es mucho más restrictiva que la de Wallerstein, ya que excluye de su ámbito al trabajo esclavo y abre la posibilidad de la coexistencia de múltiples modos de producción. Una crítica común es precisamente que es demasiado restrictiva, ya que excluye muchos tipos de trabajo muy extendidos, relacionados con la producción (incluida la esclavitud) y la reproducción.
A su vez, el problema al que se enfrentan estos críticos es que cuanto más han intentado ampliar el alcance de las relaciones que entran en el ámbito del “capitalismo”, más se aleja la posibilidad de una definición clara. En cualquier caso, sobre la base de la definición anterior (más restrictiva), el auge del capitalismo se identificó en la Inglaterra rural del siglo XV, un proceso que se completó en el siglo XVII y en cuyo centro encontramos a la aristocracia terrateniente, los arrendatarios agrícolas y los trabajadores asalariados libres.10Robert Brenner, “Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-Industrial Europe,” (<)em(>)Past & Present(<)/em(>), no. 70 (1976): 30–75; Brenner, “The Origins of Capitalist Development”; Wood, (<)em(>)The Origin of Capitalism(<)/em(>).
Puesto que aquí el capitalismo se vincula típicamente a una propiedad local o, más a menudo, estatal (es decir, Inglaterra es un estado capitalista, mientras que para Wallerstein el capitalismo define el sistema mundial, no un Estado específico), una oleada de trabajos posteriores que adoptan esta definición han tenido por objetivo identificar la transición al capitalismo en otros países o, en una línea diferente, identificar las condiciones internacionales que posibilitaron su aparición en Inglaterra.11Ver, por ejemplo, Xavier Lafrance, (<)em(>)The Making of Capitalism in France: Class Structures, Economic Development, the State and the Formation of the French Working Class, 1750-1914(<)/em(>) (Haymarket Books, 2020); Alex Anievas and Kerem Nisancioglu, (<)em(>)How the West Came to Rule: The Geopolitical Origins of Capitalism(<)/em(>) (Pluto Press, 2015).
Pero, para efectos de mi trabajo, la ramificación más importante de la tesis de Brenner y Wood es aquella que ha tratado de comprender la relación entre esta definición del capitalismo y la naturaleza del orden internacional.
La obra de referencia que adoptó la definición de capitalismo de Brenner y Wood en el contexto del sistema de estados es Myth of 1648, de Benno Teschke. Según Teschke, la aparición del capitalismo en la Inglaterra moderna temprana condujo a un cambio gradual de la soberanía dinástica hacia una soberanía parlamentaria despersonalizada, que se cristalizó tras la Revolución Gloriosa de 1688. Como resultado, Gran Bretaña se convirtió en el primer estado “moderno”, restándose de la mezquina política dinástica, obsesionada con el rango y el prestigio, y adoptando en su lugar una política explícita de “equilibrio”, neutralizando así las amenazas del continente. También adquirió nuevas instituciones, como el Banco de Inglaterra (y la deuda nacional), lo que le permitió ejercer una increíble presión financiera sobre sus rivales continentales. Teschke argumenta que, en Europa, las relaciones internacionales se “modernizaron” desde 1688 hasta la Primera Guerra Mundial, y en el resto del mundo hasta mediados del siglo XX.12Benno Teschke, (<)em(>)The Myth of 1648: Class, Geopolitics, and the Making of Modern International Relations(<)/em(>), Second edition (Verso, 2009 [2003]) Teschke explica que esta perspectiva “procesual” es lo que distingue su narrativa del trabajo previo de Justin Rosenberg. Véase Justin Rosenberg, (<)em(>)Empire of Civil Society: A Critique of the Realist Theory of International Relations(<)/em(>) (Verso, 1994). Esto significa que todos los estados se vieron obligados a responder al poderío económico y militar que los estados “modernos” ejercieron contra ellos. Esta adaptación se produjo a través de un proceso de desarrollo geopolíticamente combinado y sociopolíticamente desigual, del que finalmente surgieron las relaciones internacionales modernas.
El estudio de Teschke concluye que “la formación de un sistema de estados territorialmente fragmentado precedió al capitalismo”, de modo que “no existe un vínculo constitutivo o genético entre el capitalismo y un pluriverso geopolítico”13 Para obtener una mirada del debate teórico al interior del marxismo, véase Alex Callinicos, “Does Capitalism Need the State System?,” (<)em(>)Cambridge Review of International Affairs(<)/em(>) 20, no. 4 (2007): 533–49; Benno Teschke and Hannes Lacher, “The Changing ‘Logics’ of Capitalist Competition,” (<)em(>)Cambridge Review of International Affairs(<)/em(>) 20, no. 4 (2007): 565–80. En otras palabras, no es posible, como sostienen Wallerstein y otros, derivar los problemas que plantea nuestra existencia dentro de un sistema competitivo de estados de la cuestión supuestamente “más fundamental” del capitalismo global. Un sistema de estados sin capitalismo no solo es teóricamente posible, sino que es un hecho histórico real. En lugar de rastrear los orígenes de los acontecimientos globales hasta el funcionamiento internacional del capitalismo, deberíamos, según Teschke, dar cabida a las presiones ejercidas por un “pluriverso geopolítico”.
El orden internacional más allá del sistema estatal
¿Qué ocurre si consideramos los orígenes del otro lado de la ecuación, es decir, el sistema de estados? Las obras consideradas anteriormente describen el orden internacional moderno como un sistema de estados que surgió en algún momento de la Europa moderna temprana. Pero durante las últimas dos décadas, los especialistas en las relaciones internacionales, los historiadores internacionales y los juristas internacionales han sometido esta “tesis de la modernidad temprana” a críticas continuas. Varios relatos identifican ahora el nacimiento de este sistema de estados mucho más tarde, en el largo siglo XIX. David Armitage, por ejemplo, sostiene que “la creación de un mundo de estados ha sido en gran medida un trabajo de los dos últimos siglos”, mientras que Andreas Osiander afirma que “nada parecido a lo que llamamos Estado existía” antes del siglo XIX, y Jordan Branch, que “la soberanía territorial estatal se construyó […] a partir de las ruinas de la Europa napoleónica”14David Armitage, (<)em(>)Foundations of Modern International Thought(<)/em(>) (Cambridge University Press, 2012), 48; Andreas Osiander, “Culture, Change and the Meaning of History: Reflections on Richard Lebow’s New Theory of International Relations,” (<)em(>)Millennium(<)/em(>) 38, no. 1 (2009): 138; Andreas Osiander, (<)em(>)Before the State: Systemic Political Change in the West from the Greeks to the French Revolution(<)/em(>) (Oxford University Press, 2007); Jordan Branch, “Mapping the Sovereign State: Technology, Authority, and Systemic Change,” (<)em(>)International Organization(<)/em(>) 65, no. 01 (2011): 19. Relacionado con esto, el historiador del derecho David Kennedy explica que, mientras los juristas de la primera modernidad “apenas hablaban de ‘soberanos’”, sus homólogos del siglo XIX “pusieron la autoridad de los soberanos en el centro de un orden jurídico reimaginado”. David Kennedy, (<)em(>)Of War and Law(<)/em(>) (Princeton University Press, 2006), 61. Estos argumentos no son meras modificaciones del relato histórico tradicional. En la medida en que no identifican ningún sistema de estados en el período anterior, el lenguaje de la soberanía estatal resulta de bastante poca ayuda para dar sentido a la política mundial en gran parte de la modernidad temprana.
De hecho, identificar un sistema internacional de estados supone que las relaciones internacionales se imaginaron cada vez más como relaciones entre personas jurídicas abstractas llamadas estados, que reconocían la soberanía externa e interna de los demás. Esto pasa por alto el auge paralelo de acuerdos imperiales cada vez más jerárquicos entre Europa y el mundo no europeo (que difícilmente pueden considerarse similares a los del emergente sistema de estados en Europa), basados no en la igualdad soberana, sino en la división de la soberanía.15Edward Keene, (<)em(>)Beyond the Anarchical Society: Grotius, Colonialism and Order in World Politics(<)/em(>) (Cambridge University Press, 2002); Martti Koskenniemi, (<)em(>)The Gentle Civilizer of Nations: The Rise and Fall of International Law 1870-1960(<)/em(>) (Cambridge University Press, 2004). Precisamente por esta razón, Keene describe dos patrones coexistentes del orden internacional en el largo siglo XIX: uno dedicado al amplio principio de tolerancia y caracterizado por la igualdad Soberana, y otro dedicado a la civilización y basado en la divisibilidad de la soberanía. Precisamente por esta razón, muchos han señalado que un sistema de estados soberanos solo llegó a abarcar todo el mundo después de la descolonización, es decir, aproximadamente en la época en que Wallerstein escribe.
Las relaciones internacionales, por lo tanto, rara vez pueden reducirse a un único patrón de orden. Pero un hecho histórico importante, y poco discutido, efectivamente comenzó a dar a la política mundial un carácter cada vez más competitivo a finales del siglo XVIII y principios del XIX: el nacimiento de un “sistema de grandes potencias”16Hamish Scott, (<)em(>)The Birth of a Great Power System, 1740-1815(<)/em(>) (Routledge, 2014).
Gran poder y gran política
El lenguaje del poder en la política internacional comenzó mucho antes que en el siglo XVIII. Podemos encontrar debates sobre las “potencias” en los escritos del siglo XIV, autores como Bartolus de Sassoferrato, en La razón de estado de Giovanni Botero, del siglo XVI, o incluso en el Tratado de los intereses de los príncipes y estados de la cristiandad, de Henri de Rohan, del siglo XVII. Sin embargo, no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando este lenguaje, y en particular el concepto de una “gran potencia”, se generalizó. A mediados del siglo XVIII, el abad de Mably identificaba diferentes “clases” de potencias —grandes, medianas y pequeñas—, mientras que cameralistas alemanes como Gottfried Achenwall y periodistas británicos como John Campbell se ocupaban en tratar de medir este poder, inventando los primeros la disciplina de la Statistik.17Harm Klueting, (<)em(>)Die Lehre von der Macht der Staaten: Das aussenpolitische Machtproblem in der “politischen Wissenschaft” und in der praktischen Politik im 18. Jahrhundert(<)/em(>) (Duncker & Humblot, 1986). Así, se extendió una forma de pensamiento político internacional en la que el poder era lo fundamental y el fin último de las relaciones internacionales.
Esta corriente de pensamiento era muy diferente de la que discutía acerca de “estados soberanos”. Aunque ambos entendían la política mundial en términos de relaciones entre personas abstractas (“estados” o “potencias”) en lugar del enfoque más tradicional centrado en individuos (por ejemplo, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el papa, el landgraviato de Hesse-Kassel), el lenguaje del poder subrayaba la desigualdad y la capacidad militar, mientras que el de los “estados soberanos” tendía a enfatizar la igualdad y los derechos. La tan citada fórmula de Emer de Vattel es un resumen sorprendente de esta última perspectiva: “Un enano es tan hombre como un gigante; una pequeña república no es menos un estado soberano que el reino más poderoso”18Emer de Vattel, (<)em(>)Le Droit Des Gens Ou Principes de La Loi Naturelle Appliqués à La Conduite & Aux Affaires Des Nations & Des Souverains.(<)/em(>), 2 vols. (London, 1758), 11. Sin embargo, con el tiempo, los lenguajes del poder y la soberanía se fusionaron parcialmente, dando lugar a una forma sorprendentemente moderna de pensar sobre la política internacional, es decir, una en la que el mundo estaba poblado por estados soberanos jurídicamente iguales, pero con un poder muy diferente.
Tal vez no sea sorprendente, entonces, que el principio de igualdad soberana coexistiera de forma incómoda con el lenguaje del poder. A partir del Congreso de Viena (1815), las grandes potencias establecieron una excepción al principio de igualdad soberana, reclamando un conjunto específico de privilegios para configurar el contenido mismo del derecho internacional, incluido el derecho a determinar los límites legales de la soberanía mediante la autorización de intervenciones.19Gerry J. Simpson, (<)em(>)Great Powers and Outlaw States: Unequal Sovereigns in the International Legal Order(<)/em(>) (Cambridge University Press, 2004). Parte del razonamiento era que eran ellos los más capacitados para hacer cumplir el derecho internacional (y, de hecho, tendrían obligaciones específicas a ese respecto), ya que el poder militar estaba distribuido de forma muy desigual en el sistema internacional. Hasta el día de hoy, estos privilegios jurídicos constituyen la excepción central —integrada en la propia estructura del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas— a la igualdad soberana.
La aparición gradual de un sistema internacional organizado explícitamente en torno al poder en la segunda mitad del siglo XVIII supuso que la competencia militar aumentara y, con ello, el potencial para guerras devastadoras. Por esta razón, la competencia atávica por el poder, así como la consiguiente práctica de adquirir territorio y extinguir a los actores internacionales mediante la guerra, caracterizan al largo siglo XIX mucho más que al período moderno temprano.20Mlada Bukovansky, “The Altered State and the State of Nature: The French Revolution and International Politics,” (<)em(>)Review of International Studies(<)/em(>) 25, no. 2 (1999): 197–216; Tanisha M. Fazal, (<)em(>)State Death: The Politics and Geography of Conquest, Occupation, and Annexation(<)/em(>) (Princeton University Press, 2007). Sin embargo, incluso en el siglo XIX, ningún derecho de guerra ilimitado parece haber existido. Véase Hendrik Simon, (<)em(>)A Century of Anarchy?: War, Normativity, and the Birth of Modern International Order(<)/em(>) (Oxford University Press, 2024). Esta interpretación contradice algunas explicaciones de las ciencias sociales bastante prominentes, como la de Charles Tilly, que describen la Europa moderna temprana como un mundo despiadado que dio origen a los estados modernos precisamente debido a las exigencias de la guerra. Para él y para muchos otros, “hasta hace poco, solo sobrevivían aquellos Estados que se mantenían firmes en la guerra con otros Estados”.21 Tilly, (<)em(>)Coercion, Capital and European States(<)/em(>), 63. Y sin embargo, estudios recientes señalan que es casi imposible pensar en “ningún actor europeo destruido por ser incapaz de defenderse” previamente a la Revolución Francesa22Andreas Osiander, “Sovereignty, International Relations, and the Westphalian Myth,” (<)em(>)International Organization(<)/em(>) 55, no. 2 (2001): 278; Philip Gorski and Vivek Swaroop Sharma, “Beyond the Tilly Thesis: ‘Family Values’ and State Formation in Latin Christendom,” en (<)em(>)Does War Make States?: Investigations of Charles Tilly’s Historical Sociology(<)/em(>), ed. Lars Bo Kaspersen and Jeppe Strandsbjerg (Cambridge: Cambridge University Press, 2017), 98–124. (<)br(>)Osiander hace notar la excepción menor de un puñado de ciudades-estado italianas en la Edad Media y el Renacimiento tardíos. Antes de esa época, la conquista se consideraba en general “un título de posesión dudoso”, una situación bastante diferente a la del siglo XIX.23Osiander, “The Westphalian Myth,” 262. Con relación a esto, nociones como (<)em(>)terra (<)/em(>)(o (<)em(>)territorium(<)/em(>)) (<)em(>)nullius(<)/em(>) normalmente no constituían justificaciones legales válidas para la colonización. Sobre este debate, véase Andrew Fitzmaurice, “The Genealogy of Terra Nullius,” (<)em(>)Australian Historical Studies(<)/em(>) 38, no. 129 (2007): 1–15. Fue especialmente después de la Revolución Francesa que la “palabra imperio se empezó a usar oficialmente en Europa occidental fuera del Sacro Imperio Romano” y tomó un nuevo significado que refería a la “conquista de personas inferiores”. James Muldoon, (<)em(>)Empire and Order: The Concept of Empire, 800–1800(<)/em(>) (Palgrave Macmillan, 1999), 149. Fue en el amanecer del largo siglo XIX que el poder se convirtió cada vez más en la medida del rango de los estados; él podía otorgarles derechos adicionales y, en última instancia, determinaba su propia supervivencia. En este nuevo mundo, la adquisición de capacidades militares era ahora un valor absoluto.
Las consecuencias económicas del sistema de grandes potencias
El auge de este gran sistema de poder y la competencia militar que generó exigían grandes cantidades de capital. Sin embargo, los estados de finales del siglo XVIII eran todavía en gran medida embrionarios, un hecho a menudo oscurecido tras la invención en el siglo XIX del concepto de “absolutismo” y su retroproyección sobre la modernidad temprana.24Nicholas Henshall, (<)em(>)The Myth of Absolutism: Change & Continuity in Early Modern European Monarchy(<)/em(>) (Routledge, 2014). Tenían gobiernos centrales débiles, eran incapaces de imponer un orden político y jurídico uniforme, solo podían contar con fuerzas policiales muy escasas y estaban típicamente divididos por aranceles internos y múltiples monedas que competían entre sí. Por lo tanto, la demanda de capital de estos estados incipientes se satisfacía en gran parte mediante préstamos. Con ese fin, recurrían a las redes nacientes de financieros que se extendían por todo el continente europeo. Estas redes, creadas por familias como los Baring y los Rothschild para financiar el comercio de larga distancia, solo habían surgido a finales del siglo XVIII.25Stanley D. Chapman, (<)em(>)The Rise of Merchant Banking(<)/em(>) (Allen & Unwin, 1984); Quentin Bruneau, (<)em(>)States and the Masters of Capital: Sovereign Lending, Old and New(<)/em(>) (Columbia University Press, 2023).
Al mismo tiempo, surgió en Francia un nuevo sustantivo para designar a este tipo de prestamistas: le capitaliste. Cuando se lo acuñó, el término se refería a “alguien que proporcionaba a alguna de las ramas del gobierno real francés el capital que necesitaba para financiar el costo de la guerra” o, más simplemente, “alguien que invertía en deuda real y pública”26Michael Sonenscher, (<)em(>)Capitalism: The Story behind the Word(<)/em(>) (Princeton University Press, 2022), 31–39. En la década de 1830, los francófonos utilizaban otra palabra para describir este sistema de financiación de la guerra heredado de la segunda mitad del siglo XVIII, “cuando los Estados y sus gobernantes pedían prestadas grandes sumas de dinero para financiar el aumento repentino, a veces masivo, del gasto público causado por la guerra o la amenaza de guerra”: capitalisme 27Sonenscher, (<)em(>)Capitalism(<)/em(>), 67.
Lo que se excluía rotundamente de este debate eran las cuestiones relacionadas con el trabajo. Estas se enmarcaban normalmente en el contexto de los debates sobre la “división del trabajo” inherente a la “sociedad comercial”. Ese problema era global casi por naturaleza y, al parecer, mucho más difícil de resolver que el del capital y el capitalismo a ojos de los observadores de principios del siglo XIX. Finalmente, las dos cuestiones se unieron apresuradamente y se subsumieron bajo la etiqueta de capitalismo. Pero, como ha argumentado brillantemente Michael Sonenscher, es posible que hayamos perdido algo de gran valor al establecer esta fusión.
En cualquier caso, para los contemporáneos de principios del siglo XIX, el capitalismo, ese “soberano de soberanos” encarnado por familias de banqueros mercantiles como los Rothschild, había sido impulsado por el rápido desarrollo y la explosión de la deuda soberana. Esto dependía a su vez de la creciente sensación de que la posición de los gobiernos y sus posibilidades de supervivencia estaban determinados en última instancia por el poder militar. En este mundo, las buenas palabras caían en el vacío. Esto se hizo aún más cierto tras la Revolución Francesa y la destrucción de las normas del ancien régimen en las relaciones internacionales. Solo unas décadas más tarde, el fin de las guerras napoleónicas constituyó un acontecimiento financiero de gran envergadura. La enorme indemnización de guerra impuesta a Francia contribuyó a crear un mercado de bonos verdaderamente internacional y a consagrar lo que los contemporáneos llamaban entonces capitalismo.
Integrando el capitalismo en la sociedad internacional
La naturaleza del orden político y jurídico internacional (ya sea un sistema de estados o algo diferente) es un constreñimiento independiente sobre la humanidad, el que debemos reconocer como separado del capitalismo. Como resultado, cualquier intento de comprender la coyuntura global actual que se centre exclusivamente en la dinámica interna del capitalismo no logra captar toda la complejidad de las fuerzas en juego.
Los propios términos del debate que enfrentan al capitalismo con el sistema de estados son inadecuados. Aunque alguna vez fue ampliamente aceptada, la suposición de que el concepto de “sistema de estados” describe adecuada y exhaustivamente el modelo moderno de orden internacional es demasiado restrictiva. La organización política y jurídica del orden internacional no puede reducirse a una lógica única; siempre hay múltiples lógicas de orden internacional operando en una época determinada y rara vez actúan al unísono. La emergencia de un sistema de estados fue una nueva forma de ordenar el mundo que se arraigó en el largo siglo XIX, pero también lo fue el desarrollo de la política de poder moderna y de un sistema de grandes potencias. En su sentido original, más restringido, el capitalismo fue fruto de este nuevo modo de orden internacional.
Nuevos patrones de orden internacional, como el que acabo de describir, son, por lo tanto, la fuente de profundos cambios económicos. En algún sentido, ya sabemos intuitivamente que esto es cierto: ¿no es precisamente por esta razón por la que los académicos y expertos discuten el impacto de los cambios en el equilibrio de poder, las “transiciones hegemónicas” y la influencia de la guerra en la economía mundial? Sin embargo, desde una perspectiva analítica, no debemos centrarnos en el auge y la caída de un sistema político concreto, ni en las consecuencias de una guerra específica. En vez de ello, debemos fijarnos en los cambios en la propia “textura” de las relaciones internacionales, cambios que exceden el impacto de algún evento singular o los objetivos de cualquier sistema político específico.
Cómo captar exactamente esta “textura” cambiante de las relaciones internacionales es una pregunta abierta para la que no hay una respuesta única. Una posible vía pasa por la conocida noción de “integración” [embeddedness]. La economía global, al igual que la economía estadounidense, está integrada [embedded]) en una sociedad, aunque sea una sociedad en la que rara vez pensamos, pero que muchos abogados, historiadores y estudiosos de las relaciones internacionales con inclinación histórica denominan “sociedad internacional”28Para ejemplos de campos diferentes, véase e.g. Hedley Bull, (<)em(>)The Anarchical Society: A Study of Order in World Politics(<)/em(>), Third edition (Columbia University Press, 2002); Keene, (<)em(>)Beyond the Anarchical Society(<)/em(>); Evan Luard, (<)em(>)Types of International Society(<)/em(>) (Free Press, 1976); Erez Manela, “International Society as a Historical Subject,” (<)em(>)Diplomatic History(<)/em(>) 44, no. 2 (2020): 184–209; Yasuaki Onuma, “When Was the Law of International Society Born?,” (<)em(>)Journal of the History of International Law(<)/em(>) 2, no. 1 (2000): 1–66; Evgeny Roshchin, “(Un)Natural and Contractual International Society: A Conceptual Inquiry,” (<)em(>)European Journal of International Relations(<)/em(>) 19, no. 2 (2013): 257–79. Para comprender verdaderamente las transformaciones de la economía global, debemos lidiar con la naturaleza cambiante de la sociedad en la que está integrada[embedded].
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